La espeluznante tragedia humana de Bangladesh ha perdido actualidad en los medios de comunicación occidentales. Un nuevo drama de la explotación laboral que se diluye en el flujo continuo de malas noticias y polémicas. El rescate el viernes pasado de la joven costurera y madre de familia Reshma, tras permanecer 17 días enterrada viva entre los escombros del sórdido taller de confección, es la clase de milagro que adorna casi todas las catástrofes que nos azotan. Quizá para mitigar el horror grabado en nuestra retina, soportar lo insoportable, o simplemente para solapar injustamente las bajas y pasar página con el fatalismo habitual.
Hay muertos y muertos. Siempre ha sido así: muertos de primera, de segunda o de tercera categoría. ¿Qué son 1000 muertos abrasados o asfixiados bajo las piedras y el metal en un lejano país sobrepoblado del sur de Asia, con una elevadísima tasa de pobreza? En una región del mundo donde el capitalismo industrial británico abriría la veda a una despiadada explotación de la mano de obra india en 1790.
1000 víctimas iniciales (y sigue el recuento) que confeccionaban ropa para nuestras grandes marcas europeas. Unos obreros sometidos a 10 agotadoras horas de trabajo diarias, en condiciones indignas, 6 días a la semana, por unos escasos 30 euros mensuales. ¡Cuánta miseria consentida!
La deriva perversa de un mundo globalizado ha puesto en marcha un sistema financiero feroz que divide el planeta en dos grandes hemisferios: el norte, convertido en una fábrica de desempleados que funciona a pleno rendimiento y el sur, donde se instrumentaliza la explotación humana para reducir el costo de los productos y aumentar las ganancias de los más ricos, de aquellas renombradas firmas que silencian una legislación laboral laxa en el tercer mundo y cuyas prendas, sin embargo, lucimos sin ningún tipo de cuestionamiento moral.
Llegarán (parcialmente) las prometidas indemnizaciones a los familiares de los difuntos y volverán a fallar los controles de seguridad. Así funcionan las cosas en los países subdesarrollados (sin eufemismos, por favor). Las subcontratas, en connivencia con los gobernantes locales, seguirán enriqueciéndose a costa de los más pobres, con talleres textiles de infortunio implantados a tan bajo coste que en ocasiones será al precio de la propia vida humana. Qué asco me da tener que vivir en un mundo indiferente que huele a cadáver.
Karima.

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